domingo, 28 de septiembre de 2008
Rayuela: Capítulo 7 - Julio Cortázar -
Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.
jueves, 25 de septiembre de 2008
LA IMAGEN QUE REVALORIZA LA IMAGEN
Finalmente arribé a Caminito: rojos y tango, azules y olorcito a restaurante, verdes y gente repartiendo panfletos, amarillos y pinturas, naranjas y bullicio… atravesando una muchedumbre de turistas y lugareños encontré, no sin antes preguntar, la dirección que buscaba: Magallanes 890, El Conventillo Verde, una casa que data de 1863.
Dudando, subí por las añejas escaleras de madera y me encontré en un pequeño hall, del que se desprendía una sala un poco más grande. En una puerta leí: “A los protagonistas de inclinar lo que sucede, y combinar el tiempo para una realidad mejor. A los amigos que traen lo que nunca vimos, y llevan lo que compartimos. A los amantes del arte y a los amantes.”
No soy una entendida del arte, pero entendí que ello no me quitaba, a mí ni a nadie, el privilegio de disfrutar de aquellas obras, que exhalaban no sólo estética y colores, también sueños e ideas, proyectos y reflexiones.
No había en el lugar mucha gente, sólo dos o tres personas tomando nota, que supuse estaban allí con los mismos fines que yo. Aunque muy cuestionable es, si los fines por los que inicialmente fuimos terminaron por ser la única razón por la que estaríamos dispuestos a volver, en un hipotético caso. Es probable que la experiencia haya cambiado nuestra perspectiva de lo que es esperable exprimir de un trabajo para la facultad.
Y entonces, me encontré con las primeras obras, las de Leyla Sabah, enredos de celeste y dorado, relieves en movimiento, texturas brillantes. En cuanto avancé en mi recorrido, un cuadro pequeño en el fondo me hizo pasar por alto puertos y tanguerías para admirar una fabulosa perspectiva de Tosoratti, quien miraba una escalera desde arriba: el rojo, el amarillo y el azul me impregnaban la retina, y la perspectiva, tan poco usual, desde una óptica vertical, me fascinó. La muchacha que atendía la exposición coincidió con mi apreciación.
Volví a detenerme en las pinturas de las tanguerías, tan representativas de la zona, sus trazos flexibles resucitaban los años 20 en un paño.
Me embarqué luego en perfectos puertos, y cuanto más me acercaba, las pinceladas más nítidas se veían, y como contrapartida descubrí que las proas perdían sus fronteras entre el agua y el cielo, y los barcos se miraban en un espejo sin definición. Cuanto más real la pintura, más ficticia la realidad que muestra.
No puedo omitir a la reina del lugar: Ingrid. Una belleza crucificada en material reciclado que llamó poderosamente mi atención, probablemente por la ironía religiosa de la imagen. Al preguntarle a la encargada de la muestra por esta creación, aportó que el autor de de esa “Jesusa” era Pablo Destefano, y nos recordó la posible intertextualidad de esta obra con la de Raquel Forner, quien representa en sus obras, a menudo, mujeres crucificadas.
Continué luego por la sala principal… la que restaba en realidad. Una serie de cuadros de Celia Güichal envolvía las paredes. Pero antes de observarlos con más detenimiento me detuve en el “desmonte de un viejo incinerador de cartas de amor”, lo que me pareció una maravillosa idea de Mario Alberto Antón: un mecanismo concebido para deshacerse de aquello que nadie debe leer, salvo su único destinatario.
Finalmente, llegué a los cuadros que se exponían en las paredes de esa habitación, los recorrí en orden anómico. El primero que llamó mi atención (pese a que comencé el relato diciendo que carecía de ella), fue “Regreso al hogar”. Un cuadro que evocaba la nostalgia, un camino desandado, una meta que aunque lejana, nítida, un camino a través de lo difuso. Todo es abstracto, sólo la ruta hacia el hogar se mantiene firme y concreta, porque es el lugar donde siempre podemos volver, una única certeza que nos permite lanzarnos a lo incierto.
Mis sentidos me llevaron a cruzar la sala para admirar “Puente de Pucará”, donde la autora escribía “¿Hay lugar en mí para esta inmensidad?” Sobrarían palabras si yo intentase describir la pintura, ante tan explicativa interrogación.
Luego me detuve en “La isla de la utopía”, que tenía a modo de epígrafe: “Hace más de diez mil sueños que sueño…” dos niños envueltos en un remolino de azules, rojos, amarillos y verdes, miran hacia un ojo ubicado en el centro de esa vertiginosidad; un poco más allá un hombre parece estar sentado en lo que podría ser una isla, y en una esquina de la pintura, un recuadro, como un cuadro dentro del cuadro. Un cuadro difícil de describir, hermoso para contemplar.
El último cuadro que seleccioné para mencionar: “La muchacha que se casa”. Absolutamente abstracto, colores fríos, turquesas brillantes… Es curioso como un título acota la interpretación de algo que podría ser muy amplio…
Como conclusión, e intento de escueta reflexión: el arte no escapa del circuito comercial, como todo en este horizonte, pero podemos encontrar la parte inherente al hombre que allí se expresa, podemos disfrutar de él al margen del mercado, podemos encontrar algo que alimente el ánima, que expanda nuestras ideas, que las genere. Incluso en esta cultura de la imagen, tan ampliamente criticada, la imagen puede ser constructiva, puede comunicarnos, puede hacernos pensar, puede revalorizar la imagen misma. Es un buen ejercicio, para quienes estamos acostumbrados al lenguaje verbal, y por ende a lo explícito, a lo que de alguna forma limita los significados; sumergirnos en el mundo de lo no verbal y sus polisemias, resignarnos ante aquello que comunica lo inexpresable, conmovernos con lo inexplicable, conectarnos con esa parte de nosotros mismos.
Florencia Marcote
Un televisor encendido, una copa de vino caliente, un CD rayado, un cuaderno en blanco, un jean gastado, café instantáneo, una ducha fría, el lado vacío de la cama, una lágrima anónima, fotografías viejas, un velador caliente, silencio indescifrable… vida a la deriva.
La esperanza ya no es rentable: es tiempo perdido.
La felicidad es ineficiente: inversiones siderales, riesgos impredecibles, pocas probabilidades de éxito, mucha incertidumbre, ninguna fórmula.
El amor… quizás, si resulta buen negocio.
Buscamos… risas, mates con sabor a amistad, un abrazo redentor, una palabra con aroma a luminosidad, una mirada que llene el vacío, una mano incondicional; llantos en soledad, un hombro amigo, un oído piadoso; música, cerveza en noche primaveral, diversión, hedonismo; horas de lectura, presiones, expectativas banales, stress, monotonía laboral, tedio… Imágenes de la vida posmoderna, fantasmas que nos persiguen.
La miseria abruma, el dolor se respira, el anonimato es condición, la demagogia la ley, la solidaridad limpia conciencias y lo que resta de la inocencia llora con el estómago vacío en una estación.
Cómo construir certezas, cómo encontrar sentidos, cómo hemos dejado que esto suceda…
Florencia
Mi diario de viajero
miércoles, 11 de junio de 2008
Paisaje interno, paisaje externo
“Deja los túneles para los topos. Observa que hermosa es Buenos Aires.”Frase que leí en un colectivo. Me pareció muy divertida por el solo hecho de que indirectamente estaría llamando topos a aquellos que viajan en subte. Mi imaginación voló y me llevó a imaginar el subterráneo plagado de topos en vez de personas. Todos muy bien vestidos, llendo a trabajar, apurados, atados a la velocidad de las agujas del reloj. Seguí volando y me imaginé un mundo gobernados por topos, seguramente todas las casas serían de barro. La cuidad sucedería bajo tierra y en la superficie todo sería como una gran selva, en donde todo evolucione naturalmente, sin la intervención de nada ni de nadie. Es increíble todo lo que se me ocurrió solo por esa frase que tenia como único fin incitar a la gente a usar menos el subte y utilizar más los colectivos. Era sencillamente una publicidad. Pero eso bastó para que en unos segundos mi imaginación experimentara su máxima expresión, la cual me llevó a un mundo diferente al nuestro, a un mundo alternativo al nuestro. Esto me hizo pensar que tal vez esta misma sensación lleva a los artistas a pintar esos cuadros tan surrealistas, tal vez el más mínimo detalle los lleva a un mundo completamente diferente que los inspira para divagar de la forma en la que lo hacen en esa clase de pinturas. Saben de cuáles hablo, no? Son esas que a simple vista y frente al ojo del inexperto, son simples manchas que no tienen ningún sentido ni propósito. Sin lugar a dudas, hice esta comparación inconscientemente porque me estaba dirigiendo hacia la Boca, a ver una exposición de arte, de pintura para ser más específica. En verdad no sabía con que clase de arte me iba a encontrar pero este hecho me hizo pensar que, tal vez, sucesos como estos llevaría a la artista a hacer sus cuadros. Durante todo el viaje que me quedaba hasta caminito, seguí divagando sobre el tema. Para cuando volví a la realidad, los coloridos conventillos estaban saturando el paisaje. Así es que tuve que regresar al mundo y ponerme en marcha hacia el Duende Verde que era donde se encontraba la exposición a la que me dirigía. Estaba bastante apagada la Boca, había más gente de la zona que turistas o visitantes. Mientras caminaba no podía dejar de pensar en mi mundo de topos. Mi cuerpo seguía por las calles de caminito pero mi mente estaba en mi nuevo mundo imaginario. Tropezón. Si seguía en mi mundo definitivamente iba a darme un golpe bastante importante. Pero para mi suerte encontré por fin mi conventillo. No era muy grande y adentro se veían solo tres mujeres sentadas, pero fue suficiente para que me intimide al entrar. Tome valor y entré. Empecé el recorrido, que me llevaba de un cuadro tras otro. Colores vivos, bien definidos y grandes contrastes era lo que caracterizaban las pinturas. El estilo de los cuadros me atraía, sin duda alguna podrían estar colgados en mi cuarto. Pero lo que más me atrajo fue lo difuso de las pinturas. Muchas cosas no estaban claras y otras estaban mezcladas con el todo. Debido al reciente acontecimiento, me puse a tratar de ver si esos eran otros mundos que, tal vez, fueron creados por la artista. Al decir verdad, todo lo que observaba de los cuadros era si podría codificar mundos imaginarios, si podría descifrar qué quiso expresar en las pinturas. Me había puesto bastante paranoica con el tema, hay que admitir. Obviamente no encontré nada, es decir todo lo que hallé fueron interpretaciones mías de los dibujos, todo salía de lo mas interno de mi ser, y seguramente a todos los espectadores le habrán surgido cosas diferentes.
Seguí pensando sobre el tema, pero ya dirigiéndome de regreso a mi casa. Pero algo que si me quedó claro, fue que hoy descubrí tanto un paisaje externo, como un paisaje interno.
MENCONI MERCEDES
Cronica del BAFICI
CRONICA DEL BAFICI
“¿Y vos qué mirás putita?”, me sorprendí al encontrar esta frase en el lado de adentro de la puerta de un baño en un bar cerca de Constitución. Y yo sólo quería arreglarme un poco antes de ir al Abasto, pero esa frase se me impuso ante mis ojos y no pude dejar de leerla. Quién podría no detenerse frente a esa agresión, supongo que nadie. Me encontré entre atacada y sorprendida, pero después me reí. No tenía tiempo para profundizar mucho más, es que en una hora comenzaba un documental sobre la pobreza en el Bafici y no quería llegar tarde. Con una sonrisa un poco cómplice, cerré la puerta y me fui. Así comenzó mi aventura de ir al Festival de Cine Independiente más importante de la Cuidad de Buenos Aires, justamente con una pregunta tan sencilla como qué mirás.
Ya no llovía, pero en el subte todavía reinaba ese molesto olor a humedad que suele aparecer cuando la lluvia empapa a los transeúntes. No estaba lleno, pero no había lugar para sentarme. Entonces, parada intenté leer qué otras películas recomendaba el diario para ver hoy. Nada me pareció muy interesante, en verdad, de algunas ni el título entendí, pero seguro entraría a otra sala.
Faltando dos paradas para la del Abasto, subió un grupo de chicos (la mayoría con anteojos con marcos cuadrados y con piercings en las cejas) con unas revistas celestes que decían BAFICI 2008. Me imaginé que serían estudiantes de cine y no me equivoqué. El más alto, aunque eran todos medios bajitos, dice: -Che qué pesado este viejo que quiere que vengamos a ver ese documental sobre el hambre. Sí, eran estudiantes e iban a ver lo mismo que yo. Así terminé de decidirme por esa película porque si todos querían entrar a esa función, entonces era buena. Equivocada manera de razonar, ¿No?
Parada Carlos Gardel. Se hace una densa fila de personas que caminan por el pasillo hasta el primer piso. Y de pronto, me acuerdo de la película “Buscando a Nemo”, en la parte en que el padre se mete en una corriente de agua del océano en las que están las tortugas para llegar más rápido a buscar a su hijo. Qué tenía que ver pensé, una simple comparación del momento.
Tercer piso, ahí entraría por fin al tan famoso y a esta altura, deseado BAFICI. Pero no todo sería tan sencillo. Una larga e interminable cola comenzaba en las boleterías. El problema: eran las ocho menos cuarto. Entonces, adiós idea de ver el documental. Aún así, e intentando tener una actitud positiva, tomé la guía de películas y la analicé detalladamente. Resultado: ahora entraría a ver un corto de origen oriental (clarín lo consideró bastante bueno). Mientras, la fila avanzaba pero a paso muy lento.
Con tiempo libre, y sola, me digné a practicar ese deporte tan común, chusmear. Muchas chicas jóvenes con unos jopos ochentosos, pantalones chapines y all Star. Ellos también, pelos simulando estar despeinados, iguales jeans y zapatillas. Poca gente grande, sólo una mujer que estaba detrás de mí y que me contó que era directora de cine. Quizás porque ya había ido a otras ediciones del festival, no paraba de quejarse del desorden de la organización. “Esto con Telerman nunca pasó, es culpa de Macri. Se piensa que somos hinchas de Boca que vamos a hacer horas de colas por una entrada”, decía con cara de fastidio.
Ocho y veinte, una empleada de Hoyts avisa que no se iba a atender a nadie más, por la cantidad de gente que había. Todos comenzamos a protestar porque en la entrada había un cartel que decía: abierto de 11 a 23 horas y la recepción de público en la fila es hasta las 21 horas sin excepción. Pero los empleados argumentaban que se vieron desbordado por la demanda de tickets para este día. Ya resignada, entendí que lo único que podía hacer era irme y volver otro día, pero más temprano.
Salí del shopping, caminé dos cuadras hasta la parada del 124 y otra vez, volví a esperar en una fila. Mientras busqué en la guía del Bafici qué otro día daban en documental de la pobreza. En eso, giré la cabeza y vi a una nena de no más de cinco años comienzo de una bolsa de basura. Tiré el catálogo a la calle, entendí que la película la tenía enfrente de mi cara, y que solo se trataba de verla y no en una sala de cine.
En eso y no se muy bien por qué, me acuerdo de la frase de aquel baño de Constitución: Qué mirás. Con sonrisa incómoda me respondí: Nada. Ni una película del Bafici, ni la realidad de cada día.
FLORIO NATALIA